«No podemos cambiar el pasado, pero podemos aprender de él para transformar nuestro presente.» — Marco Aurelio
No cabe duda de que la historia clásica despierta interés; si no, no hay más que ver el éxito recurrente en taquilla de cualquier película más o menos adornada, pero con un firme sustrato histórico centrado en los primeros siglos de nuestro calendario (calendario de origen romano, por cierto). Lo mismo ocurre con las recreaciones históricas en nuestras localidades, sin olvidar el origen de muchas de nuestras conductas, costumbres, aficiones, organización político-social e incluso evoluciones tecnológicas actuales que siguen vinculados a «lo que allí pasó».
Corremos a la taquilla, pero creo que no somos conscientes de que esas ciudades, esos templos y esas vías, los tenemos al alcance de la mano, muy cerca de nuestras casas... o quizá incluso debajo de ellas.
El futuro está por construirse y es incierto, pero nuestro pasado forjó nuestro presente. No podemos ni debemos huir de él: conocerlo es conocernos a nosotros mismos.
Como dijo Séneca (Lucio Anneo Séneca / Córdoba-Roma): El pasado es la única parte de nuestra vida que es verdaderamente segura y nuestra, ya que está a salvo de los caprichos del destino.
Hoy he tenido la oportunidad de ser invitado a la excavación del yacimiento de la ciudad romana de Santa Criz de Eslava, un lugar histórico considerado BIC (bien de interés cultural) y en concreto hemos ido desenterrando el estrato superficial del oppidum, previo a esta ciudad para analizar su convivencia-hibridación. Allí no solo he vivido la emoción de cavar sacando a la luz estructuras que llevan 2000 años ocultas, sino que además he tenido el privilegio de encontrar pequeñas piezas de cerámica, tanto previas a aquel periodo, como finas sigillatas romanas.
Sin embargo, el mayor aprendizaje ha sido conocer cómo funciona realmente una excavación. He compartido «zanja» con varias mentes brillantes, ya graduadas, que han dedicado años a investigar nuestro pasado común y que ahora se desloman bajo el sol cavando estrato a estrato, con la esperanza de ir desenterrando tesoros que luego compartirán con los demás.
Podríamos pensar que son excavaciones masivas, con muchos medios y un gran presupuesto, pero la realidad es que son campañas muy cortas, de 3 a 5 semanas (os recuerdo que nuestro calendario —romano, repito, tiene 52). Durante este tiempo, unos pocos especialistas, que a mi parecer deberían estar dirigiendo equipos, tiran de pico, pala, azada y otros de herramientas de precisión casi sin ayuda.
Hoy he aportado mi granito de arena, pero el terreno es inmenso, la tierra está durísima y el voluntariado siempre es bienvenido, siempre que sea apto, esté dispuesto y se deje guiar. Yo volveré, pero si os interesa la historia, es una experiencia que no deberíais dejar pasar.
Gracias a María García Barberena y a todo su equipo: Luka Garcia de la Barrera, Javier Larequi, Javier Martínez Sarasate, Ibon Cipitria y Leyre Arróniz. Me he sentido super a gusto. Roto el hielo, ya solo queda repetir.
P. D.: Es una actividad fenomenal para fomentar el trabajo en equipo (empresas), hacer deporte (esto sí que es crossfit del bueno) y dejar un legado a las generaciones futuras.
¡Anímense!
«La experiencia es la maestra de todas las cosas.» — Julio César



